Tengo, para mí, que Luis Ferrero ha sido y será un Maestro, en el sentido específico de su significado en nuestra vida intelectual y crecimiento personal. He ubicado a Ferrero como la persona, escritor y animador, que más influyó en la vigencia de lo universal–nacional en el desarrollo de nuestra cultura. Podría decir que es emblemático, y claro, su aporte al desarrollo de las ideas, de eso que he llamado pensamiento propio, y ha sido la base, para una minoría de creadores costarricenses, al través de sus investigaciones, charlas y tertulias al través de muchos años. Ferrero ha sido puente entre la generación que fundó la Costa Rica del arte y la cultura, desde finales del siglo XIX, en la concepción de lo nacional popular, que permanece como testimonio de lo que fuimos, somos y seremos al través del tiempo.
Su formación autodidacta le permitió tener una libertad de pensamiento, inusual en nuestro país, que a veces lo aisló del mundillo académico para proyectarlo en todos los rincones lugareños y entre otras culturas, sobre todo sus contemporáneos de Alemania, España e Italia, quienes lo tuvieron como punto de referencia sobre el pensamiento nacional.
Alguna vez Luis Ferrero ha contado como me conoció, en la salita de Repertorio Americano, cuando mi señora madre me llevaba a visitar a don Joaquín García Monge. Para muchos era difícil tratar con Ferrero, porque tenía opiniones contundentes que escarnecían al medio que nunca acabó de entenderlo en toda su plenitud. Siempre pensé que en él convergían los grandes pensadores europeos, el crisol latinoamericano – Bolívar, Martí, Sandino y todos aquellos costarricenses de pensamiento amplio, enraizados en lo nuestro pero con un acervo cultural propio de la herencia plural de la humanidad. No es fácil, con semejante manera de opinar, hacerse entender en Costa Rica y hablar en voz alta, como ha sido el ejemplo de Luis Ferrero a través del tiempo, desde mediados de los años cuarenta, cuando siendo un muchacho empezó a escribir a nivel nacional y centroamericano, consolidando una reputación de humanista rampante.
Figura que consolidó la imagen del intelectual orgánico al servicio de su pueblo. Fue insobornable y valiente, hablando siempre de lo que otros callaban, en esa su idea política de un anarquismo social, vinculado siempre a las ideas de la clase obrera, pero rechazando todos los totalitarismos. Su ideal más amplio fue la libertad del ser humano, en todos sus conceptos, y la vigencia de los derechos culturales como conquista al través de la historia. Su generosidad para con nosotros fue proverbial y a él le debemos, escritores y artistas, sugerencias francas y válidas sobre nuestro trabajo. Compartí espacios en mesas redondas y foros en lo que hemos llamado: “Vigencia y expresión de la oligarquía endogámica”, extraño título para un análisis sobre quienes han mantenido los gustos, y el poder, en más de cien años y el gozo de comprobar como se distiende y se fractura ese privilegio, con la presencia de nuevos rostros y opiniones que vengan a desbancar la gazmoñería criolla, que tanto daño le ha hecho al país, y que se tiene como intocable.
Su muerte, fulminante, ha sido como él la deseaba. El Luis Ferrero humorista serio, que se reía hasta de sí mismo, el sardónico azote de nuestros políticos y figurones, está vivo en sus libros y en su voz, los domingos por la tarde, comentando lo divino y lo humano de los sucesos nacionales y de otras latitudes. Nunca necesitó la coletilla ideológica para expresar sus opiniones.
Fue libre como el viento y severo y modesto en sus gustos personales, aunque tenía anhelos de príncipe renacentista en la sangre de su espíritu. Rectilínea figura fue Luis Ferrero en su fecunda trayectoria. No se puede hablar de su existencia en pasado, porque en su herencia coexisten el presente y el futuro. Es decir: está vivo, como persona jovial y quisquillosa, gnomo sabio de la auténtica cultura costarricense, esa que injerta, en la fibra criolla, el soplo maravilloso de la humanidad en su conjunto.
Creer, crear, crecer: fueron sus lemas. Por eso sigue aquí, ahora, siempre.
(La Prensa Libre)